GITANAS FEMINISTAS

Un grito desde los márgenes 

Corría el año 1977, cuando se planteó por primera vez el surgimiento de un feminismo más allá de la legalidad de la mujer blanca, heterosexual y de clase media. El Combahee River Collective, una organización de mujeres negras y lesbianas de Boston, introdujo la premisa de que “la política más profunda y potencialmente radical viene directamente de nuestra propia identidad”. Aquellas mujeres negras de los 70 son el referente de otras muchas mujeres diversas hoy, como las gitanas.  Las asociaciones feministas gitanas levantan la voz contra los prejuicios vertidos sobre su etnia y por el empoderamiento de las mujeres. Reivindican sus derechos y no quieren que nadie les marque el camino. La tía Tina es una mujer célebre en el entorno del zaragozano barrio de La Magdalena. El “tía” no alude a ningún lazo sanguíneo, sino que se utiliza en la cultura gitana como muestra de respeto a sus mayores. Acostumbra a llevar el pelo recogido en un moño y, desde hace tres años, su ropa no ha conocido otro color que no fuera el  negro. “En mi casa, por desgracia, nos hemos quedado cuatro mujeres solas en dos años. Nadie me ha obligado a llevarlo, es lo que el corazón me ha pedido. Mi hermana, por ejemplo, solo lo llevó durante seis meses”, aclara. Más tarde, cuenta cómo el duelo ha marcado, durante este tiempo, otros aspectos de su vida como no ver la televisión, no escuchar la radio o  no poder entrar a un bar. Entre los adjetivos que emplea para definirse a sí misma incluye: “orgullosa gitana” y “muy feminista”. Se casó a los dieciséis años. Trabaja desde los trece, tanto fuera,como dentro de casa. Ahora tiene 55. Ha tenido que conciliar el trabajo con el cuidado de sus dos hijos – y ahora seis nietos-, con sus estudios de Graduado Escolar y la impartición “de alguna que otra charla” en la Casa de la Mujer de Zaragoza.

“Nos ha costado mucho más que a vosotras, pero ha habido un gran avance. La mujer es una figura primordial en el mundo gitano. Es la gran mediadora entre la cultura gitana y la sociedad mayoritaria”.

Acentuó su implicación en la lucha social en los años en que las calles no guardaban silencio: “ahora ya no se hace nada”, dice. Pero este año acudió a la manifestación del pasado 8 de marzo en Zaragoza.  “Toda la vida les he dicho a las chicas jóvenes y a mi hija que lucharan y que aprendieran”, relata. “Hace veinte o treinta años, antiguamente, la mujer gitana era sumisa”. Recalca que el proceso de independencia de las mujeres se ha cocinado a fuego lento. De la misma manera piensa Ester Giménez, presidenta de la asociación A.M.I.G.A (Asociación de Mujeres Independientes Gitanas Aragonesas) y experta en mediación e intervención social: “Nos ha costado mucho más que a vosotras, pero ha habido un gran avance. La mujer es una figura primordial en el mundo gitano. Es la gran mediadora entre la cultura gitana y la sociedad mayoritaria. Es un papel muy difícil, pero sin la mujer, el gitano no tendría muchas posibilidades”, describe.

En el ámbito universitario, ocho de cada diez estudiantes son mujeres. Aún así,  estas tan solo representan un 2%  entre el total de mujeres gitanas.

A menudo, Ester es descrita entre los calés como “apayada”, mientras que entre payos le suelen espetar algún que otro “qué gitana”. Se ríe de ello, pero enseguida su rictus se torna serio y continúa: “por encima de todo soy persona. Un árbol sin raíces se cae, por eso sé dónde están las mías”. Le chirría la palabra ayuda y no acepta paternalismos. No cree que la sociedad mayoritaria le tenga que dar la mano a su pueblo. Pero “para caminar solo”, la formación es indispensable. Siempre ha tenido vocación por la enseñanza y, por ello, fue una de las maestras pioneras de las denominadas “Escuelas Puente”. Como explica Ana Belenguer Asensio en su tesis Las mujeres gitanas de Zaragoza: de lo privado a lo público, un análisis desde la perspectiva de género, la finalidad de este proyecto originado hace 35 años era la preparación de los niños y niñas gitanas para el acceso a una escuela normalizada.

En España, alrededor del 93% de niños gitanos se encuentran escolarizados en Primaria, según datos de Fundación Secretariado Gitano. En el ámbito universitario, ocho de cada diez estudiantes gitanos son mujeres. Aún así, estas tan solo representan un 2% entre el total de mujeres gitanas. CampusRom- red universitaria gitana de Catalunya de apoyo mutuo para el acceso de personas gitanas a Educación Superior- advierte de que solo el 1% de la Comunidad Gitana llega a la Universidad. 

“Las niñas tienen que tener referentes… También hay gitanas abogadas, antropólogas, médicas “, señala Sandra Heredia, integrante de la federación Fakali, Mujeres Gitanas Universitarias. “Nosotras trabajamos con niñas de primaria y secundaria y con sus madres para romper estereotipos. Trabajamos también el tema de los matrimonios tempranos. Hay que empoderarlas porque se tienen que seguir formando y apoyarlas para que no abandonen los estudios”. Sin ir más lejos una de esas referentes podría ser ella porque con 31 años, Sandra posee un prolijo currículum académico a sus espaldas.

“No entendemos el feminismo como una lucha - porque en una lucha se pierde o se gana -, sino como un proceso de trabajo”.

Mujer. Minoría étnica. Sociedad patriarcal. Tres rasgos que implican tres diferentes categorías de opresión. Para Rosa Jiménez, presidenta de la asociación bizkaina SimRomi (Soy Mujer), significa la vivencia entre dos mundos  así como la andadura por un camino con una carga mucho más pesada. “Tenemos diferentes mochilas, somos mujeres, somos gitanas. La mochila la llevas cargada de prejuicios”- añade. María José Jiménez, presidenta de la Asociación Gitanas Feministas por la Diversidad, explica en una entrevista en el programa radiofónico Sangre Fucsia “Tú tienes una doble discriminación por ser mujer y yo tengo una triple. Lo que a ti te cuesta dos escalones, a mí me cuesta cinco por el simple hecho de pertenecer a una minoría étnica machacada”. Sandra Heredia opta por no usar el calificativo de “triple discriminación”, sino abordar la situación desde la múltiple discriminación cuyo “máximo exponente” es el antigitanismo, a lo que añade: “Si a eso le sumas el género, la clase social…”. La exclusión alcanza cuestiones tan trascendentales como el trabajo o la elección de vivienda.  En un currículum, el hecho de que aparezca el apellido Vargas o Heredia puede marcar la diferencia.

La Asociación de Gitanas Feministas por la Diversidad entiende que el trabajo de empoderamiento de las mujeres gitanas se basa en el “feminismo de reivindicación, visibilización y resistencia”. Entre sus objetivos se encuentran la deconstrucción de la imagen distorsionada de la gitana así como la creación de una conciencia social crítica. Para Rosa Jiménez, el feminismo blanco no reconoce a las otras: a las que tienen opresiones diferentes. “Nadie nos puede decir cómo podemos cambiar. Cada una tendrá un ritmo distinto. No entendemos el feminismo como una lucha - porque en una lucha se pierde o se gana -, sino como un proceso de trabajo”.

“Todos los valores a los que estamos sometidas las occidentales no nos extrañan porque nos parecen cotidianos”.

Los roles de género en la sociedad gitana se identifican más con los de una sociedad machista generalizada que con los del pueblo gitano, según opina Jiménez. Quizá uno de los más llamativos para la “sociedad mayoritaria” sea la preservación de la virginidad femenina - hasta el matrimonio – ligada a la honra familiar: el rito del “pañuelo”.  Ana Belenguer Asensio en su tesis Las mujeres gitanas de Zaragoza: de lo privado a lo público, un análisis desde la perspectiva de género describe la virginidad como un “principio identitario propio y distintivo de la sociedad”.  De esto mismo habla Ester Giménez: “Da honra para el presente, pasado y futuro de la familia. De lo contrario, sería una losa para todos.  Asimismo sostiene que “te mantienes virgen por tu único amor y es el amor el que hace que guardes tu cuerpo”. Ante la misma cuestión, Rosa Jiménez (SimRomi) considera que existe una presión generalizada sobre los cuerpos de todas las mujeres que responde a un método de control“A las mujeres gitanas se las controla con la honra. Es el control de las mujeres para que una vez más no sean ellas las que decidan sobre ellas mismas” ,  sentencia.

Otro aspecto recurrente es la separación o el divorcio. Ester Giménez explica que en estos casos se acude a un “consejo de ancianos” en el que la mujer relata el problema delante de las dos familias (la suya y la de su marido). Los ancianos se encargan de hablar con la pareja o marido y le conceden un tiempo “de cambio”. En el caso de que el problema no obtuviera solución en el plazo acordado, este sería desterrado y su familia debería ayudar a la mujer. “No queda indefensa, como muchos piensan”, añade Giménez. “Esto no es la norma general”, opina Rosa Jiménez (SimRomi) – “Hay muchas mujeres que se separan y no pasa nada. Se recurre a las instituciones a menudo”.

Si hay un punto en el que coincidan estas cuatro mujeres gitanas, es el del papel de los medios de comunicación como transmisores de estereotipos y prejuicios contra la comunidad gitana. “Sacáis solo lo malo” , señala Tina. Rosa Vázquez Barrul, presidenta de la Asociación de Mujeres Gitanas Alboreá, señala la insistencia de los medios por visibilizar solo una parte de la realidad gitana, la más folklórica. Asimismo, apunta que no es necesario indicar la procedencia étnica de una persona en una noticia ni utilizar el humor como “justificación de injurias”. Rosa Jiménez destaca que entre gitanos y payos “no es tanto lo que nos separa como lo que nos une”.

ESTER FERNÁNDEZ y CRISTINA POLO

Editoras: Laura Marco y Julia Pascual.

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