VIDAS ALTERNATIVAS

Sergio Barbero: Naturaleza para un mundo mejor

Nadie llegaría por equivocación a este lugar. Tampoco lo suyo fue una casualidad: “cuando llegué a la ermita de San Millán ocurrió algo, dije: Este es el lugar. Será difícil, claro que sí. Pero este es”. Ese enclave del que habla Sergio Barbero como encandilado – incluso después de trece inviernos viviendo allí- es un rincón del Valle de Urbión al que ni la niebla de esta mañana le resta belleza y magia. “Yo fui siempre aquel que saltó ante una injusticia, ante un desprecio, ante una manipulación”, se describe este autodenominado Águila Solitaria. Sin embargo, no fue hasta la tragedia del Prestige cuando decidió alejarse por completo del sistema, “del contubernio”, como él lo llama.

Yo iba contaminado, no por el Prestige, sino por la libertad, por esas cosas que soñamos…”

Su hogar es un pequeño refugio de montaña que aparece cuando se ancha la senda. “Aquí no viene nadie, aquí no hay negocio. Es un sitio apartado en el monte, a salvo de homopredators”, pensó en “aquel flechazo” que tuvo. Poco a poco ha ido construyendo su vida entre esas cuatro paredes que no parecen formar un espacio de más de diez metros cuadrados. Tiene una pequeña cocina en una esquina y una chimenea en la otra, aunque reconoce que suele estar a unos doce grados de temperatura, “subir un grado de calor quiere decir echar una caja entera más de leña y eso cuesta mucho esfuerzo, no puedes pretender estar en calzoncillos y poner la calefacción a 25 grados”. Una pequeña cama pegada a la pared sobre la que juega su gata Piu y una mesa camilla en el centro completan una casa decorada con decenas de fotos, recuerdos, libros y minerales que solo se iluminan a través del pequeño ventanuco que tiene el refugio.

Salió de su Madrid natal cuando el chapapote cubrió de negro las costas gallegas. “Me fui de voluntario, no me metí en ningún grupo, cogí la mochila y allí estuve un mes”, recuerda. Aunque también, dice, allí había “fanfarria y gente que iba a la feria”, vio la clave para que diera el paso: “Por primera vez en mucho tiempo lo vi claro. Fue un momento que nos unió a muchos y realmente hubo gente sincera que estuvo allí dando la cara, y no veía ni patrias, ni banderas, ni países, ni nacionalidades… Veía que había que ayudar a la naturaleza y vi posibilidades, vi algo que me tocó el alma”. Volvió a Madrid sabiendo que tenía que hacer un break en su vida. No le iba mal, como mucha gente pudo pensar al principio, había llegado a la élite de su oficio en una imprenta, tenía una compañera a la que amaba, amigos… en definitiva, era feliz. “Es cuando surge, hay situaciones que requieren dar un paso adelante, no es que te pille mal o bien, es ahora o nunca. Entonces tienes que dejar la supuesta comodidad y lanzarte al vacío. Coges y lo haces”, cuenta con seguridad el Águila Solitaria.

He tenido dificultad suprema. Pero esas pruebas te fuerzan al máximo, ven que has dado la talla y la magia actúa para que completes otra misión”.

“Yo iba contaminado, no por el Prestige, sino por la libertad, por esas cosas que soñamos…”, dice Sergio Barbero con los ojos tan brillantes que reflejan la ilusión que debió sentir entonces. Así llegó a Madrid de nuevo, con el convencimiento de que tenía que seguir la labor: “se me ocurrió organizar una marcha en la que irme desde Madrid hasta Santiago por la N-6, pueblo a pueblo, instituto a instituto y a ver lo que pasa”.

Se puso el mono de los voluntarios y se cargó cuarenta kilos al hombro entre mochila, tienda de campaña, fotocopias, libros y pancartas. “Yo pensaba que íbamos a salir de Madrid muchos, que llegaríamos a Galicia miles, la revolución… Pero esto va por pequeños gestos, actos anónimos, las movidas macro no llegan a nada y son muy perturbadas”, recuerda. Salió un 26 de enero, solo, con un palo lleno de plumas con el que llegó a la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela: “allí hice un campamento, estuve con los mendigos, clamé a la libertad y así, cumplí con la misión”. Pero su tarea no acababa ahí. Escasas horas después cogió un autobús y llegó a la gran manifestación de Madrid, en la que el país entero gritó bien fuerte aquello de Nunca Mais.

Aquel lema también marcaría su camino. Nunca más volvería a su vida anterior y estaba seguro de ello. Siguió haciendo marchas y acercándose a la Naturaleza. “Es como una leyenda que la he propagado yo y la he visto extenderse en directo”, explica Sergio Barbero. Después de varias marchas, necesitaba un sitio en el que asentarse y llegó a La Rioja. Reconoce que durante todos estos caminos ha tenido que ir superando muchas pruebas, “dificultad suprema, de querer abandonar el timón”. En uno de esos malos momentos, su amigo Manolo le dijo: “Te voy a llevar a las Viniegras” y él aceptó aún sin saber que aquel lugar le cambiaría la vida. Ahora sabe que “esas pruebas me las mandan de ahí arriba, me fuerza hasta el límite y ve que he dado la talla, entonces se mueve la magia y terminas otra misión”. Sin embargo, reconoce que no cree en cruces, medias lunas ni estrellas de David pero sí tiene su fe: “yo le llamo el jefe, la jefa, el cuartel galáctico….”.

Lo bonito es compartir. Somos la humanidad Vamos a unirnos para cambiar esto”.

El coche de Manolo paró en Tramborríos, y no fue hasta unos días más tarde, cuando se decidió a adentrarse en el valle durante una noche de primavera iluminada por una gran luna llena. Nada más llegar supo que aquel era el fin de su camino. Pero no de su misión, pues desde allí transmitiría su lucha por los valores, para él, más poderosos: el amor, la paz y la libertad.

P: ¿Qué te hacía saber que esta era tu última parada, el lugar en el que quedarte?

R: Yo he soñado un libro de cien páginas, 99 y tres cuartos ya se han cumplido a la perfección y estoy seguro que el resto se van a cumplir. Mi padre pintó un cuadro antes de partir, cuando yo tenía siete años, que refleja un paisaje parecido a este lugar, al que yo bauticé como Paraíso Urbión. Él soñó un bello paisaje y yo sueño con un mundo mejor.

Sus días transcurren con una tranquilidad, “que ya la quisiera yo para mi anterior vida”, dice antes de soltar una larga carcajada de esas que echará de menos en sus ratos de soledad. Durante el verano, sale al campo, se baña en el río o cuida la huerta pero cuando el invierno aprieta, le saluda desde la ventana y se dedica a leer y a hacer introspección sin salir del refugio. A pesar de ser su hogar, asegura que en este pequeño habitáculo “no ha habido una cerradura en doce años, yo lo que he hecho es cuidarlo y compartirlo, es el campo base, donde la gente sabe que tiene un apoyo logístico, un botiquín, un teléfono, víveres…”.

Al poco de llegar al valle comenzó a escribir un blog en el que cuenta todas sus misiones desde que saliera de Madrid. “Soy el único tío que tiene un blog que no ha podido ni ver en cinco años”, explica. Y es que solo hace un año que tiene smartphone y sus amigos lo han ido escribiendo por él. Así, ha superado las 180 mil visitas y cuenta que “de cada diez personas que pasan por aquí, siete vienen a conocerme”.

Una pequeña radio le mantiene en contacto con el mundo, al cual tiene mucho que criticar. “Nos apelotonan la cabeza para despistarnos y para que hagamos lo que el contubernio quiere, pero tú eres quien maneja tu barco y como dijo William Wallace: corazón es libre, ten valor y hazle caso, aunque diga el mundo lo contrario”, predica este Águila Solitaria nada más conocernos. Cree que todos los problemas actuales parten del querer ser más, aunque para ello haya que pisar al de al lado. Sin embargo, el triunfo es para él algo muy diferente: “es tener muchos amigos que te quieran y a los que puedas querer, y tener tiempo para compartir con ellos”. Además, considera que lo que está pasando en Siria es el “examen final”: “no han recogido ni a 500 refugiados de los veintitantosmil. Es una absoluta verguenza”.

P: ¿El futuro?

R: Está el pescado vendido. Como no tengo nada en el tintero, se trata de mantenerme. Mi principal trabajo viene ahora, que es sobre todo arroparos, daros cariño y manteneros el ánimo, como un faro que ahora es cuando más tiene que iluminar.

Cree que quieren enfrentarnos y crear tensión, pero para él ahora es cuando más tenemos que unirnos “bajo una misma bandera: la del amor”. No se considera ni madrileño, ni español, ni europeo: “soy hijo de la tierra y ciudadano del mundo”. Y continúa: “Están bien las culturas, lo bonito es compartir, pero somos la humanidad, se supone, pues vamos a unirnos más de una vez para cambiar esto”.

ESTER FERNÁNDEZ y CRISTINA POLO

Editoras: Eva Magaña y Julia Pascual.

Compartir con:
Share on FacebookTweet about this on TwitterEmail this to someone